Alta sensibilidad y arte: cuando crear se vuelve una forma de estar en el mundo
De niña bailaba. Después llegaron la cámara de fotos, los cuadernos de viaje y esos vuelos sola a lugares que mucha gente considera peligrosos. Yo no lo sabía entonces, pero en todos esos escenarios estaba ensayando algo parecido: cómo estar en un mundo que parecía devorarse a sí mismo en la superficialidad instantánea, y a la vez dejar constancia de la belleza que intuía en los márgenes. Una belleza que, para mí, gritaba su mensaje en medio de la vida cotidiana… pero que no todo el mundo parecía percibir.
He sido camarera, secretaria, artesana, fotógrafa callejera, viajera que se pierde por África o Asia para encontrarse un poco. Y, con el tiempo, psicóloga. En casi todas esas etapas hubo un hilo que me rescataba una y otra vez: crear. Bailar, escribir, fotografiar, montar algo bello con casi nada. Entre esos hilos está también este proyecto que hoy comparto con vosotras y vosotros.
Cuando hablo de alta sensibilidad me refiero a un rasgo temperamental que implica procesar la información con más profundidad y captar más matices de lo habitual (Aron y Aron, 1997). Si te resuena y quieres entenderlo mejor, lo explico con calma en [este otro artículo de la web], donde desarrollo el concepto y cuándo puede ser útil pedir ayuda profesional.
En este, en cambio, quiero hablarte de otra cosa: qué pasa cuando esa sensibilidad se encuentra con el arte.

El arte como lugar habitable para la emoción
Una cosa que he visto en consulta, en talleres y en mi propia vida es que el arte baja el ruido sin borrar el contenido. No es evasión –de eso huimos bastante quienes trabajamos con salud mental–, es otra cosa: es convertir algo que duele o desborda en una forma que se puede mirar, tocar, mover, compartir.
Y no hace falta ser artista para que eso ocurra. A veces empieza con algo mínimo:
- garabatear mientras intentas poner orden a un día imposible,
- mover el cuerpo con una canción que te acompaña desde hace años,
- escribir tres líneas de algo que no te atreves a decir en voz alta,
- hacer una foto de un gesto cotidiano que te emociona y que nadie parece ver.
Desde la investigación sabemos que estas cosas no son solo “sensaciones bonitas”. En un estudio con adultos que participaron en 45 minutos de creación artística libre, se observaron descensos significativos en los niveles de cortisol, una de las hormonas relacionadas con la respuesta de estrés (Kaimal et al., 2016). Y revisiones amplias sobre arte y salud han mostrado que la práctica artística puede mejorar bienestar subjetivo, afrontamiento del dolor y calidad de vida, especialmente cuando hay experiencias de enfermedad o vulnerabilidad (Stuckey & Nobel, 2010).
No es magia: es que darle una forma simbólica a lo que vivimos lo vuelve un poco más digerible, un poco menos caótico, y le permite encontrar un cauce.
Para una persona altamente sensible esto es especialmente relevante: el volumen de estímulos emocionales suele ser más alto, la lectura del contexto es más fina, y el sistema nervioso necesita lugares donde procesar sin saturarse. El arte puede ser uno de esos lugares: un espacio intermedio entre lo que pasa dentro y lo que pasa fuera.

Arte, alta sensibilidad y lo colectivo
Desde la psicología social y comunitaria sabemos que los relatos compartidos influyen en lo que una comunidad considera posible o normal. La alta sensibilidad también implica una forma particular de leer a las personas y las situaciones: captar cambios de tono, matices en los gestos, pequeñas injusticias que otros pasan por alto. Parte de la literatura sobre sensibilidad de procesamiento sensorial sugiere que este rasgo se relaciona con una respuesta empática más intensa y con una mayor activación ante las emociones de los demás (Ferrer-Cascales et al., 2023; McQuarrie et al., 2023).
Si a esa lectura fina le añadimos un lenguaje artístico, ocurren cosas interesantes. El arte deja de ser solo refugio personal, y empieza a funcionar como traducción:
- Traducimos experiencias que no suelen tener palabras.
- Traducimos realidades que se viven en los márgenes.
- Traducimos la mirada de quienes normalmente no hablan en los espacios de decisión.
Ahí la sensibilidad empieza a convertirse en servicio: una capacidad de registrar aquello que duele, que vale la pena cuidar y comunicar; y ofrecerlo al resto de la comunidad en forma de relato, imagen, movimiento o música.
Sensibilidad como servicio, no como espectáculo
Hay algo que me incomoda profundamente del uso que hacemos hoy de la palabra “sensibilidad”. Se ha llenado de brillos. Llorar en público da likes, mostrar la herida sin contexto parece valentía, y a veces confundimos intimidad con contenido.
La alta sensibilidad se ha convertido, en algunos espacios, en una especie de etiqueta bonita: “siento mucho, luego soy especial”. Y, sin darnos cuenta, podemos acabar poniendo el foco más en cómo nos vemos sintiendo que en lo que hacemos con todo eso que sentimos.
Para mí, el giro importante está justo ahí: pasar de una sensibilidad que se exhibe a una sensibilidad que se pone al servicio. No de forma heroica, sino cotidiana.
Cuando viajaba sola con la cámara colgada al cuello, lo que me movía no era “capturar” algo exótico, sino intentar sostener una mirada que no simplificara a la gente ni a los lugares. Fotografiar a una mujer que vende pan en la calle no es neutro: puedes convertirla en decorado o en sujeto. Puedes usar su imagen para reforzar estereotipos (“pobreza”, “miseria”, “ternura”) o puedes dejar que sea ella, con su gesto y su contexto, la que te obligue a preguntarte cosas.
Lo mismo pasa con la escritura. Uno puede escribir sobre violencia, trauma, migraciones o desigualdad desde el morbo, usando el dolor ajeno como argumento dramático. O puede hacerlo desde otro lugar: preguntándose cuál es la posición desde la que cuenta, qué silencios respeta, qué lugar deja a la complejidad. En ese sentido, cada texto es también una postura ética.
Crear desde la alta sensibilidad, para mí, implica aceptar que no todo lo que siento tiene que ser mostrado, pero sí preguntarme qué parte de eso que siento podría convertirse en algo útil para otros:
- A veces es una historia que no embellece el sufrimiento, pero lo hace comprensible.
- A veces es una foto que devuelve dignidad a quien casi nunca aparece en el centro del encuadre.
- A veces es un taller en un barrio donde lo importante no es “mi estilo”, sino lo que el grupo necesita decir.
Ahí la sensibilidad deja de ser una especie de escaparate de emociones intensas y se transforma en herramienta de cuidado y de justicia. No porque vayamos a cambiar el mundo con un mural o un poema, pero sí porque introducimos matices en un paisaje que tiende a aplanarlo todo.
Desde la psicología social sabemos que los relatos que circulan en una comunidad influyen en lo que esa comunidad considera posible, deseable o “normal”. Cambiar las historias que contamos –sobre quién tiene valor, quién merece ser escuchado, qué vidas importan– es una forma de intervención, aunque no aparezca en ningún manual de técnicas (y sin embargo atraviesa muchos proyectos de arte comunitario y participación ciudadana).
La alta sensibilidad, cuando se cruza con el arte y con esta conciencia ética, puede funcionar como una especie de radar: detecta grietas, incoherencias, pequeños dolores colectivos que suelen pasarse por alto. El reto no es quedarnos atrapadas en ese radar –saturadas, agotadas, sintiendo que todo nos afecta– sino encontrar una manera concreta de responder: una pieza, una intervención, una conversación, un espacio que abrimos para que otras personas también puedan expresarse.
Se trata, quizá, de algo más sencillo y exigente: hacernos responsables de lo que vemos.
Y preguntarnos, cada vez que creamos algo:
¿A quién estoy colocando en el centro y a quién estoy dejando fuera?
Cuando la respuesta se inclina hacia el acompañar, el cuestionar, el cuidar, entonces la sensibilidad deja de ser un espectáculo y se convierte en una forma de estar en el mundo. No perfecta ni pura, pero sí comprometida.
Tal vez de eso vaya, al final, este cruce entre alta sensibilidad y arte: de sostener una lectura más fina del mundo y hacernos responsables de lo que hacemos con ella; de dejar que esa profundidad de procesamiento se traduzca en formas de comunicación y de ética que ensanchen, aunque sea un poco, el espacio común.
Referencias
Aron, E. N., & Aron, A. (1997). Sensory-processing sensitivity and its relation to introversion and emotionality. Journal of Personality and Social Psychology, 73(2), 345–368.
Clift, S., & Camic, P. M. (2016). Oxford textbook of creative arts, health, and wellbeing: International perspectives on practice, policy and research. Oxford University Press.
Ferrer-Cascales, R., et al. (2023). Psychological aspects of human high sensitivity: Concepts. In Psychological aspects of human high sensitivity (Chap. 1).
Kaimal, G., Ray, K., & Muniz, J. (2016). Reduction of cortisol levels and participants’ responses following art making. Art Therapy, 33(2), 74-80.
McQuarrie, A. M., et al. (2023). Alexithymia and sensory processing sensitivity account for individual differences in empathy. Frontiers in Psychology, 14, 1072783.
Secker, J., et al. (2007). Can art improve mental health? A review of the evaluation of an arts and mental health project. Journal of Public Health, 29(4), 278-284.
Stuckey, H. L., & Nobel, J. (2010). The connection between art, healing, and public health: A review of current literature. American Journal of Public Health, 100(2), 254-263.



Deja un comentario