Desde que nos contamos historias alrededor del fuego, desde el inicio de nuestra humanidad, compartimos relatos que nos ayudaban a cazar en grupo, a sostener nuestros miedos, a transmitir conocimientos y a sentirnos parte de algo común. Esa escena primitiva resume bien una necesidad que sigue viva: no solo sobrevivir, sino hacerlo acompañadas.
Algo muy parecido ocurre cada vez que sufrimos: buscamos a otro ser humano que pueda sostener lo que nos ha pasado y, sobre todo, una mirada donde ver nuestro dolor reconocido. Hay un momento muy preciso en algunas historias de trauma. No es cuando alguien cuenta por primera vez lo que le ocurrió, sino cuando, mientras habla, levanta la vista para buscar la reacción del otro.
La necesidad de comprobar si eso que ha vivido pertenece al territorio de “lo normal que le pasa a todo el mundo” o al de “lo que nunca debería haber sucedido” se decide, muchas veces, en ese segundo de silencio en el que espera una respuesta. En soledad, esa frontera se vuelve borrosa: muchas personas han tenido que minimizar su experiencia para sobrevivir, contarse que “no era para tanto”, que “en todas las familias pasa”, que “podría haber sido peor”. La mirada del otro funciona casi como un ajuste de realidad: ayuda a colocar el dolor en su verdadera escala.
Somos seres profundamente relacionales: nuestra percepción de lo que es justo, aceptable o intolerable se afina siempre en conversación con otras personas. Desde la teoría del reconocimiento (Honneth, 1995) se plantea que la identidad se construye a partir de las formas de reconocimiento —y de desprecio— que recibimos en distintos niveles: en los vínculos íntimos, en el marco jurídico y en la vida social. Cuando ese reconocimiento falla de manera sistemática, no solo se erosiona la autoestima, sino también la confianza básica en que existimos como sujetos válidos ante los demás.
Judith Herman, desde el campo del trauma, señala algo complementario: la violencia interpersonal no solo hiere cuerpo y mente; también rompe la expectativa de que el entorno reaccionará de forma mínimamente justa ante el daño (Herman, 1992). Cuando el entorno niega, minimiza o se vuelve indiferente, la herida deja de ser solo personal para convertirse también en una ruptura del vínculo con el mundo.
Con esta base, quisiera que reflexionemos qué significa, en la práctica, que el dolor sea reconocido en la mirada del otro, y qué implica cuando esa mirada viene de instituciones, de profesionales y, en particular, de dispositivos legales y forenses.

El reconocimiento como necesidad básica
No pedimos reconocimiento por capricho. Biográficamente, crecemos en un entramado de miradas que nos devuelven mensajes muy concretos: “lo que te pasa importa” o “no es para tanto”. Con el tiempo, esas respuestas se van interiorizando hasta convertirse en formas de hablarnos a nosotras mismas.
Axel Honneth (1995) distingue tres esferas donde el reconocimiento resulta crucial:
- el amor, en los vínculos primarios que sostienen la autoestima básica;
- el derecho, que nos trata como sujetos con dignidad y protección formal;
- y la estima social, que nos permite sentir que lo que aportamos al mundo tiene un valor.
Cuando una persona ha vivido violencia y, además, sus intentos de contarla han sido recibidos con burla, minimización o silencio, suelen fallar las tres: el vínculo que tenía que cuidar ha sido fuente de daño, las instituciones no han respondido o lo han hecho de forma revictimizante, y el entorno social ha reforzado la idea de que “hay cosas de las que no se habla”. En ese contexto, la demanda de reconocimiento no es un deseo de protagonismo, sino un intento de recomponer una mínima coherencia: si lo que viví fue grave, alguien más tiene que poder verlo; si no, la alternativa suele ser culparse a una misma. Maercker y Müller (2004) hablaron de “reconocimiento social del trauma” precisamente para nombrar esto: la medida en que la comunidad admite el lugar de la persona como víctima o superviviente legítima. Sus estudios mostraron que esta variable se relaciona con la intensidad de los síntomas de estrés postraumático y con la capacidad de retomar la vida después de la violencia.


Cuando el reconocimiento entra en el sistema de justicia
En el terreno jurídico y forense, el reconocimiento se vuelve especialmente delicado. El sistema de justicia opera con pruebas, contradicciones, garantías procesales. El escepticismo forma parte del método. Pero hay muchas maneras de ejercerlo.
Una cosa es contrastar la información, pedir detalles relevantes y aclarar inconsistencias; otra muy distinta es tratar cada fisura de la memoria como prueba de mala fe, ignorando que los recuerdos traumáticos son, precisamente, más fragmentados e irregulares (van der Kolk, 2014). Una cosa es preguntar varias veces por un dato importante; otra es interrogar con un tono que reproduce la lógica de poder del agresor.
La literatura sobre victimización secundaria —el daño añadido que producen las instituciones cuando la respuesta al trauma es humillante o negligente— muestra que el paso por comisarías, juzgados o servicios médicos puede convertirse, en sí mismo, en una experiencia traumática (Maier, 2008). A muchas personas no solo les duele lo que les hicieron, sino el modo en que fueron miradas cuando por fin se atrevieron a contarlo: como sospechosas, exageradas, culpables de haber roto la paz familiar o la reputación de alguien respetado.
En ese marco, el trabajo pericial no consiste en “dar la razón” a quien declara, pero tampoco en ponerse de parte del sistema contra la persona. Significa asumir que cada informe psicológico o social participa en la construcción de una realidad: puede nombrar el daño de forma clara, contextualizando síntomas y experiencias, o puede diluirlo en categorías neutras (“conflicto de pareja”, “problemas de comunicación”) que dejan intactas las relaciones de poder que lo hicieron posible. Y en quién se aplica una categoría u otra rara vez es neutro: ahí entra en juego qué voces se consideran, de partida, más creíbles que otras.

Injusticia epistémica: cuando ciertas voces pesan menos
Miranda Fricker (2007) introdujo el concepto de injusticia epistémica para hablar de lo que ocurre cuando la palabra de alguien se considera menos creíble solo por pertenecer a un grupo devaluado: mujeres, personas racializadas, jóvenes, personas con diagnóstico psiquiátrico, migrantes. No es que su testimonio sea analizado y se concluya que no encaja; es que recibe de entrada un descuento de credibilidad por quién lo pronuncia.
En contextos legales, esta injusticia tiene efectos muy concretos: denuncias que no prosperan, agresiones que se archivan, niñas y niños a quienes se les exige una coherencia inalcanzable para su edad. A nivel subjetivo, el resultado suele ser una mezcla de rabia y resignación. Frente a esto, el reconocimiento del dolor no es un acto de caridad ni un gesto de ingenuidad. Es, sobre todo, una decisión sobre quién tiene derecho a describir la realidad. Cuando un juez, una perito, una trabajadora social o una comunidad dicen, de forma explícita, “esto que relatas es una forma de violencia”, no están regalando empatía: están redistribuyendo el poder de nombrar, que durante mucho tiempo ha estado concentrado en quienes ejercen la violencia o se benefician de ella. Ese gesto no borra lo ocurrido ni compensa todo el dolor, pero cambia quién tiene derecho a decir qué ha pasado.
Reconocer no cura, nos abre nuevas posibilidades
Nada de lo anterior significa que el reconocimiento, por sí solo, sane el trauma. El daño ya se produjo, y sus efectos en el cuerpo, en la memoria y en los vínculos no desaparecen porque alguien diga las palabras adecuadas. Pero sí cambia el tipo de futuro que se vuelve pensable después. Un entorno que reconoce el padecimiento —ya sea en un informe, en una sentencia, en una conversación comunitaria o en la forma de narrar lo ocurrido dentro de una familia— permite que la energía psíquica no se consuma únicamente en demostrar que el daño existió. Libera algo de espacio para otras tareas: elaborar, tomar decisiones, exigir responsabilidades, buscar cuidado, ensayar otras formas de vivir. Un entorno que niega, ridiculiza o minimiza obliga a la persona a quedarse atrapada en una fase previa: discutir lo obvio. En términos clínicos, suele traducirse en más aislamiento, más síntomas, más dificultad para confiar. En términos sociales y legales, en una repetición silenciosa de patrones de impunidad.
Por eso, en cualquier nivel —personal, comunitario, institucional, jurídico— el gesto de reconocer el dolor ajeno no es menor. No convierte a nadie en héroe ni borra lo sucedido, pero modifica la geometría del daño: deja de ser una carga privada que se vive en solitario y empieza a ser algo que el mundo, aunque sea mínimamente, se ve obligado a mirar. En esa pequeña torsión hay ya una forma de justicia, muy lejos de ser suficiente, pero imprescindible para que algo distinto pueda empezar a ocurrir.

Referencias
Fricker, M. (2007). Epistemic injustice: Power and the ethics of knowing. Oxford University Press.
Herman, J. L. (1992). Trauma and recovery: The aftermath of violence—from domestic abuse to political terror. Basic Books.
Honneth, A. (1995). The struggle for recognition: The moral grammar of social conflicts. Polity Press.
Maercker, A., & Müller, J. (2004). Social acknowledgment as a victim or survivor: A scale to measure a recovery factor of PTSD. Journal of Traumatic Stress, 17(4), 345–351.
Maier, S. L. (2008). “I have heard horrible stories…”: Rape victim advocates’ perceptions of the revictimization of rape victims by the police and medical system. Violence Against Women, 14(7), 786–808.
van der Kolk, B. A. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.
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